El fútbol viaja y se desarrolla a la velocidad de la luz o más. Todo lo que toca o pasa por el fútbol alcanza niveles inevaluables. De la noche a la mañana se ha destapado una guerra de afrentas y reproches que nos ha enzarzado en una guerra dialéctica con Argentina, como si no hubiera una historia común de mestizajes y lazos indisolubles.

Conviene echar la pelota al suelo pero no deja de ser curioso, esto sirve para cualquier persona, cómo el ser humano sólo está preparado para sumar en beneficio propio y, todo lo demás, le parece mal o lo considera dudoso.

Argentina perdió la final contra España y futbolísticamente hablando, no hay paños calientes: Superadísima. Sin embargo hay una parte de los argentinos que ni lo entiende ni se resigna. A partir de ahí afloran los mecanismos de autocomplacencia y de explicación terapéutica para evitar asumir algo tan doloroso para ellos.  Es muy humano pero irracional o, simplemente, infantil.

No es conveniente, visto lo visto, confundir el todo con la parte. Los que apoyan y difuden la teoría de la conspiración del mundo entero contra Argentina, son sólo una parte. Argentina es más y no podemos caer en la “boludez” de identificar a los que “mean en lata” con todo lo argentino. Los desesperados no pueden representar a un país ni el fútbol, aunque para muchos de ellos sea una bandera y una religión, puede trascender y convertirse en “lenguaje arrojadizo” para cavar trincheras.

Los hechos no se discuten, sólo hay que ver el Mundial y tomar nota de lo que se vio en cada partido, del primero al último. A partir de ahí no se puede ni entrar en discusiones bizantinas ni retorcer la realidad ni, por mucho que se haya empeñado Paredes, levantar un muro entre dos países tan iguales. Hay que echarle tiempo al tiempo y disfrutar sin más de algo para lo que realmente sirve el fútbol, ser felicies. Hace cuatro años fue Argentina y esta vez le ha tocado a España. Poco más.

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