Al fútbol hace mucho tiempo que se le están rompiendo las costuras. El traje le está quedando estrecho porque engorda cada día. Las competiciones se van solapando y se proyectan en un bucle demoniaco que estira, como si fuera un chicle, el número de partidos, mientras adelgaza hasta casi desaparecer por completo el tiempo de descanso para los futbolistas.

Hay una élite de jugadores, bien pagada y objeto de admiración que, paradójicamente, tiene su cuerpo esclavizado y en máxima tensión desde hace años, como si el cuerpo de un futbolista que gana millones fuera de titanio y no de carne, cartílago y hueso. La respuesta fácil, insensible, mercantil y seguidista, es la que se apoya en los sueldos millonarios y en el envidiable modelo de vida de los jugadores de fútbol. Sin embargo en este proceso hay dos cosas que están siendo evidentes, la caída del espectáculo, porque: “Más partidos no significan ni más espectáculo ni mejor fútbol”. Esto lo dijo Fernando Torres en “Palabra de Fútbol hace 20 años, y una corriente regular de lesiones graves y de afectados por problemas de salud mental. Esto es un hecho.

Lo económico es profundamente estudiado para encontrar fórmulas de rentabilidad nuevas y más agresivas que permitan alcanzar objetivos cada vez más ambiciosos. La consecuencias de esa voracidad mercantilista se ignoran o duermen estancadas en declaraciones voluntaristas. El futbolista no se mueve tampoco y mientras, la espuma corrosiva de la multicompetición le va envolviendo irremediablemente. José Antonio Marina, filósofo, dijo también en Palabra de Fútbol: “El deporte de élite es nocivo”. Sólo hay que mirar con perspectiva para ver esto.

La realidad es demoledora y el caso reciente de Lamine Yamal pone de manifiesto la exposición de las figuras emergentes a un calendario terrorífico. Lamine se lesionó en el último partido del FC Barcelona. Lesión que le aleja de su equipo toda la temporada. Es curioso como, inmediatamente después de emitir el diagnóstico, se apunta con indisimulado gozo: “Pero estará para el Mundial”. Tengo la sensación o, directamente, la certeza de que la deshumanización del fútbol es un hecho.

Tras una lesión grave y de recuperación compleja el futbolista va a jugar la fase final de la Copa del Mundo, que por mucho que se haya convertido en una tómbola para demasiadas Selecciones de poco nivel y menor historia, será una competición explosiva a nivel físico y a nivel mental. ¿Nadie le va a decir al futbolista que eso le puede marcar, como mínimo, para la próxima temporada? . No, eso no le importa a nadie. El FC Barcelona está atado por las normas y por el egoísmo de tener un icono en el escaparate. Hablamos de Lamine  Yamal y del FC Barcelona porque su historial de lesiones en jóvenes futbolistas da escalofrío.  Ansu Fati, heredero del 10 de Messi, está fuera. Gavi y Pedri no logran una regularidad eficiente desde hace mucho tiempo. El caso de Balde está ahí y ahora, otra vez con la misma piedra, Lamine Yamal.

Pasa en el Barça y pasa en todos los equipos de élite, con diferencias en la manifestación concreta, que están sometidos a la severa lógica del primero el mercado, después el mercado y después el mercado. El jugador es un millonario que está pagando con su cuerpo de ahora una madurez económicamente saneada y fisícamente demasiado incierta. Pero, eso si, Lamine estará en el Mundial.

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