La historia del Mundial 2026 ha estado marcada por cosas que pasan por el fútbol pero que no son del fútbol. Durante todo el torneo hemos sentido la sensación de que todo era un teatro, marionetas en la cuerda. Eso, más tarde o más temprano, se acabará sabiendo con detalle pero, mientras, España ha hecho justicia.
Lo que resulta irrefutable y se puede establecer como norma en adelante es que, si España comienza con mal pie un Mundial, es muy probable que lo gane. Suiza y Cabo Verde están ya en la historia de los dos Mundiales españoles. Esta realidad sirve para explicar con ejemplos prácticos lo voluble de las opiniones, las sensaciones y el ánimo en este deporte. Nada es lo que parece y ahora resultan épicas las declaraciones contracorriente, en defensa propia, de los jugadores y el seleccionador, resistiendo y reivindicándose, mientras todos los demás dudábamos.
La victoria de España es la confirmación de un hecho que, debido a la refulgencia de las estrellas de cada época, se olvida con frecuencia, el equipo es el que gana. La España que ha ganado el Mundial ha sido el paradigma de lo homogéneo, del esfuerzo y el talento redistribuidos. La Selección ha jugado con la misma eficacia sin que los nombres importaran demasiado. Esa ventaja ha dado más de medio Mundial.
Tiempo habrá para análisis pormenorizados, lo que queda ahora es una alegría inmensa, una clara sensación de justicia -lo limpio contra lo sucio-, un futuro esperanzador y un técnico, Luis de la Fuente, que ha logrado extender y agrandar la historia del fútbol español.


















































