La queja ante el despotismo más bárbaro sirve de poco. Sin embargo, a sabiendas de que los sátrapas y su capacidad de corromper tienen un poder casi omnímodo, hay que verbalizar los desmanes que arrasan con todo, aunque sólo sea para no quedarse con la bilis dentro.

El fútbol es un edificio de profundos cimientos al que nadie ha podido derribar sin embargo sus paredes son permeables. Cualquiera llega al fútbol y, sin necesidad de pasar ningún filtro, tiene potestad para cambiarlo, usarlo o manipularlo en su beneficio.

Lo que ha hecho el presidente de Estados Unidos, ni es nuevo ni será la última vez que pase. Antes lo habrán hecho otros y en otras circunstancias. La diferencia es que esta vez FIFA se ha encontrado con un mandón que, además de mandar necesita que se sepa que manda, y no ha mirado la cara de nadie. Donald Turmp, ha dejado a la vista las miserias de una máquina de hacer dinero que cede ante el mejor postor, con la excusa del fútbol. El máximo organismo de este deporte ha dejado claro que los resultados que no favorezcan al sistema, se pueden alterar.

La injerencia es clara, obscena y sienta, por su visibilidad, un precedente que abre la puerta a una desconfianza justificada. En adelante, por si había alguna duda, cualquier decisión de este organismo legitima la sospecha de los perjudicados. Quien hace un cesto…

El balón, la alegría de un gol, las emociones, la pasión y el amor a los colores no están al alcance de estos mercaderes, todo lo demás está en venta y se vende.

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