Un día del verano de 64 llegó a “El Tranco”, en Jaén, en el límite de las Sierras de Segura y Las Villas, D. Antonio Gómez un cura joven que, por lo que relata el periodista Antonio Arroyo en su libro “Costumbres Borradas”, además de leer los evangelios, los entendía.

El libro de mi querido amigo Arroyo, lugareño y hecho hombre en este sitio, es una crónica serena, fiel y humana de la vida en esos lugares que brillan y palidecen a la sombra de grandes eventos humanos, una emblemática obra hidráulica en este caso, el Pantano de El Tranco.

El fútbol es una herramienta social de primer orden y ha sido utilizada tradicionalmente para llegar o atraer a jóvenes que no sentían especial interés por otras, quizás más trascendentes, a las que se les quería conducir.

Don Antonio Gómez, siguiendo el relato de Antonio Arroyo, llegó a El Tranco y además de la convencional y, geográficamente dispersa feligresía de la zona, encontró a un grupo de jóvenes que, más inquietos y menos dóciles, también formaban parte de su rebaño.

El cura nuevo, sotana negra, sayal completamente negro y alzacuellos al uso, lucía unas gafas que le otorgaban un aire entre intelectual y de clérigo al uso. Era natural de Arjona (Jaén) y hablaba y se producía de una manera que marcaba distancia con el tradicional y pulpitero discurso de los curas de después de la guerra civil, algo se abría dentro de la Iglesía.

Quizás por eso, los superiores de D. Antonio, para evitar que les siguiera hablando a sus parroquianos del verdadero sentido de la doctrina que predicaba, de los emergentes curas obreros y, en definitiva, de las verdades incómodas, le enviaron a su pueblo para que, finalmente D. Antonio Gómez, acabara trabajando en un banco en Madrid. Una de las miles de historias parecidas que todos conocemos.

Arroyo le describe así en “Recuerdos Borrados”: Don Antonio comprendió que tenía que hacer algo con aquella juventud que se encontró y nos entusiasmó para dejar libre un espacio en la cantera y hacer un campo de fútbol. Allí nos pasábamos las tardes corriendo. Cuando llegaba el frío invierno, con los que quedaban en el Tranco, organizó un grupo de teatro y preparaban obras que después de estrenarlas en el Tranco, las representaban por las localidades de los alrededores. Con lo recaudado compraron un tocadiscos, algunos discos para organizar los sábados bailes y meriendas, vencer el aburrimiento y también recuerdo que se hicieron algunas  excursiones y, lógicamente, se compraron balones para el fútbol.

Al final el fútbol, el Campo de la Cantera, se convirtió en una herramienta para que aquel joven cura arracimara a los críos del lugar en torno a un objetivo común y así lograron tener un espacio suyo, hecho por ellos y en el que este deporte permitió que ahora, todavía, se escuchen relatos épicos de partidos jugados, rozaduras y sangre, en el áspero pero mítico para ellos Campo de “La Cantera”. Un campo de fútbol que despejaron, limpiaron y adecuaron con sus manos. Esa es la razón por la que jamás, aunque ya no esté, se cerraran sus puertas.

“Recuerdos Borrados” de Antonio Arroyo, es un tratado de antropología aplicada a un lugar, que ha mudado con el tiempo pero en el que, más allá del turismo y los nuevos modos, queda un rastro imborrable de lo que se hace con siglos, corazón y memoria. Sus paginas son periodismo, literatura, un tratado de psicología práctica y una mezcla de nostalgia por pérdidas irreparables de costumbres y personas y de alegría al comprobar que la feracidad del territorio y el carácter de su gente, aseguran su vigencia infinita. Es obligada una segunda edición.

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