Pedro Molina.- Aterricé el pasado viernes día 6 de marzo en Córdoba ansioso por ver el debut como boxeadora profesional de mi admirada Carmen González, discípula de mi también muy admirado Raúl Buendía -campeón de España profesional en 2012- quien daba el salto tras una carrera amateur plagada de éxitos. Tras dejar el equipaje en mi alojamiento, dirigí mis pasos hacia el Palacio de Vistalegre de la ciudad califal, donde se daba cita la nata y la crema del pugilismo nacional actual -merece la pena mencionar que Carmen compartió velada nada más y nada menos que con Rafa Lozano Jr., a cuyo padre recordaba haberlo visto engrosar el medallero olímpico español en Atlanta 96 y Sidney 2000 pegado al televisor siendo un niño este servidor que escribe-.
Llego al recinto deportivo y me informan erróneamente en la entrada de que no quedaban tíckets. Aunque visiblemente abatido, no me rendí tan fácilmente y bordeé la fachada hasta dar con una taquilla que sí estaba abierta y en la que, felizmente, pude adquirir mi pase a las gradas. Tras acceder por fin respiré aliviado y, enseguida me uní a compañeros de la jiennense escuela de combate Sugar Ray, alma mater de González, como es bien sabido. Y, hablando de alma, no debemos olvidar que el alias pugilístico de Carmen es The Soul, puesto que poner en sus puños algo más que talento, técnica y músculos es su marca de la casa.

Frente a la jiennense, la húngara Petra Mezei, una púgil correosa que aventajaba en experiencia y estatura a González. En consecuencia, la batalla no se presentaba nada fácil y no defraudó pues ambas púgiles entraron en un intercambio fluido de golpes. Sin embargo, el buen hacer técnico y la garra de la española pusieron en su sitio a Mezei y permitieron que Carmen inaugurase su carrera profesional con una victoria, una victoria que auguro que será la primera de muchas, muchísimas. Quiero recordar, entre otros puñetazos memorables que asestó a su rival, un uppercut que describió una rama parabólica ascendente perfecta para romper la guardia de su rival e impactar en su faz. Pareció trazado con tiralíneas. Posteriormente, fue un auténtico honor tener la oportunidad de darle la enhorabuena en persona.
Y quiero terminar esta crónica personalísima con un alegato a favor del deporte femenino, pocos días después del 8 de marzo. El deporte femenino vive en España y en todo el mundo su momento más dulce, pero lamento que todavía cuente con un grupo de detractores que creo que es minoritario pero muy ruidoso. Mujeres como Carmen González han recogido el testigo de pioneras que abrieron camino en el noble arte del boxeo pero también en todas las disciplinas deportivas y están construyendo un legado consistente en ensanchar lo que comenzaron como estrechos senderos para hacer de ellos anchas avenidas.















































