Al fútbol hace mucho tiempo que se le rompieron las costuras. Esencialmente, todavía, obedece a reglas fundamentales, pero poco a poco, todo lo demás se está removiendo al son de la charanga del mercado.
El Mundial está siendo una galería de elementos colaterales que pasan por el fútbol pero que no son del fútbol. Las pausas para hidratación, en mitad de una tormenta, son un ejemplo de la sumisión a lo superfluo pero productivo. El sentido común propone y el marketing manda, esa puede ser la razón por la que el máximo goleador de España no sea objetivo “fifa”. Mikel Oyarzabal no tiene esos atributos que hoy significan un plus para cualquier futbolista, y eso le hace pasar desapercibido a los ojos de ese estómago insaciable que es el aparato económico de los padres del fútbol.
Oyarzabal, en el partido contra Austria marcó dos goles e hizo un partido más que notable pero el MVP fue para Lamine Yamal. Lamine fue una amenaza, atrajo la atención de los rivales y apuntó una recuperación esperanzadora de cara a lo que viene, pero no fue el mejor de España. Sin embargo Oyarzabal, por lo que sea, no tiene el glamour suficiente para la “banca fifa”. Los jugadores no son culpables, son usados. El fútbolista, en este laberinto de facturación, es sólo un sujeto paciente.
Por desgracia esta escalada de voracidad, como el horizonte, siempre va más lejos. La deconstrucción del fútbol va pareja al crecimiento de competiciones, para más gloria de los que lo administran y para desgracia de aficiones y profesionales.


















































