El portero vive solo, con su tropa de espaldas y el peligro de frente

La figura del portero siempre me ha intrigado. Antes vestían de negro riguroso y eso les daba un estatus diferente, un “no sé qué” místico. El portero es un mundo aparte. Un ser que vive absolutamente solo, entre dos postes y un travesaño que los une. Sus compañeros están de espaldas y el peligro les viene de frente. Esa indefensión casi absoluta, hace que les sea permitido usar todas las superficies del cuerpo para cumplir con su misión. Son una isla dentro del fútbol. No son raros, son especiales.

Una vez conocí a un portero argentino y nos hicimos amigos. Mauro María Scalotto, era el portero suplente del equipo de fútbol de un pueblo leonés. Fue profesional en Argentina, jugando en Talleres de Córdoba. Un buen día dejó el Bierzo por secarrales, desiertos y vergeles puntuales en África. Se fue solo, como si su alma de portero, le animara. Completamente solo. Ahora ha dado señales de vida. El empedernido contador de historias que tiene el cielo por techo, ha vuelto a poner en marcha su carro. Ahora circula por la Costa del Sol, siguiendo a una arqueóloga chilena. Cambió su novia leonesa, su trabajo en un bar y su sueldo de portero por un viaje al Sur de África. Ha vuelto al Sur de aquí, detrás del verbo fácil de una investigadora del tiempo pasado que, seguramente, ha descubierto en él, el viaje infinito. Extraña pareja.

Mauro, es un ejercicio apasionante de vida; paradigma del desapego y, paradójicamente, a la persona que mejor he visto expresar el cariño. Siempre me ha gustado mirarme en él. Sobre su piel oscura, resbalan todas las cosas que no son imprescindibles. Nunca he llegado a saber lo que le hiere de verdad y sólo intuyo llo que ama. Es un ser hermético para su intimidad y expansivo en las relaciones. No es propietario de nada, nada le esclaviza. Antes, dejó la seguridad de un empleo, ahora ha dejado armado y funcionando un “boliche” en África y, como si no tuviera importancia, sacudió el polvo de sus alpargatas y se rindió a una mujer que le cuenta historias de otro tiempo. Le admiro y le quiero. Es un ejemplo que nunca me he atrevido a seguir pero sé que, de los dos, el que lo está haciendo mejor es él. Maurito, portero tenías que ser.

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