Las modas, los gustos, las admiraciones y la defenestración tienen carácter pasajero en la vida diaria, en el fútbol todo eso nace, se reproduce y decae, a la velocidad de la luz.
Cada temporada asistimos al nacimiento y al ocaso de futbolistas que suponen en cada momento el desideratum, lo nunca visto, la encarnación estelar del futuro del fútbol. En este deporte la normalidad tiene mala imagen, se consume poco. El producto tiene que ser bueno, bonito, caro o barato, pero siempre envuelto en un papel de colores muy chillones y con polémica, misterio o emotividad como elementos de mejora. Eso se vende como churros.
Ahora se llama Gonzalo antes, pongan los nombres que quieran. Esto se puede analizar con mesura o desmesura. Se hace a gusto del consumidor. Al final, al margen del tratamiento y del consumo, estos futbolistas se convierten en estrellas fugaces, en planetas comunes o en los reyes de la galaxia pero, eso no tiene nada que ver con la urgencia de calificativos y proyecciones, nacidas para abastecer un mercado ávido de nutrientes estivales.
Los periodistas estamos señalados por vender o, incluso, crear estos “fenómenos urgentes” pero, de las lacras del periodismo no voy a hablar, ya se habla bastante. No puedo ser juez y parte, me someto a la crítica no sé sin con deportividad o con resignación. Eso si, tengo claro que la razón por la que se vende esto y se vende así, es porque hay una masa acrítica, radicalizada y poco amiga de los análisis, que prefiere este modo de consumo, al de los razonamientos pausados y al que nace de investigar, preguntar y contrastar, marcando los tiempos lógicos a riesgo, eso si, de perder «likes».
Las redes sociales, los «influyentes», los «offsiders», han impuesto un ritmo y ese ritmo está hecho para un público objetivo que compra y deglute sin muchos remilgos. Para qué gastar esfuerzos y dinero en una buena mesa, un buen jamón y el mejor vino si los gustos van por otro lado. No se trata del que vende, la clave está en el que compra…como siempre.