Las Selecciones son el comodín emocional del fútbol. Cada aficionado sigue a un equipo y luego, por razón de nacimiento, suele seguir a su selección. Sin embargo la Selección es el lugar de los afectos de conveniencia. Si tu selección gana eres el primer disfrutón, si pierde no hay problema en asumir aquello de ¿El perro es mio?. Es la vida y, sobre todo, es el fútbol.

Podemos convenir que el fútbol de selecciones fluctúa como la bolsa y es puro interés, ganar es sinónimo de adhesión inquebrantable y perder, genera una orden voluntaria de alejamiento. Esto ocurre en general, luego están los atorrantes que convierten la selección, en ardor guerrero, medidor de patriotismo y uso interesado de los símbolos, con lo que se convierte el patio en otra cosa.

Las selecciones son la meta de los futbolistas, un espacio de revalorización de activos para los clubes y una forma de orgullo para el aficionado que ve a sus representantes como elegidos entre los elegidos. La paradoja viene cuando vemos como esos mismos clubes y esos mismos aficionados, se quejan por una cosa y la contraria. Si sus jugadores no van a la selección hay menosprecio, casi siempre “intencionado” pero, si van siempre sin importar la acumulación de partidos, hay un uso excesivo de los recursos propios y se suele achacar a una acción premeditada e “intencionada” para debilitarles en competiciones domésticas.

El fútbol es un disparate, por excesivo en todas sus manifestaciones, pero el fenómeno de las Selecciones es un espejo fiel de la conveniencia, el sectarismo y lo irracional de análisis que pretenden ser serenos y serios, justo lo que no son. Quizás para disfrutar del fútbol hay que verlo con distancia, puede que pierdas la enajenación feliz transitoria de la borrachera emocional pero también te ahorras el resacón, el dolor de cabeza y un asco en el estómago.  

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